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Preguntas sobre el espacio público que hemos construido, ¿es el espacio social que queremos?

Una reflexión sobre el aspecto físico del espacio público y la función social del mismo. ¿Queremos espacios públicos ocupados por cosas para hacer cosas o por personas haciendo cosas? Proponer intervenciones en el espacio público más austeras es volver a proyectar el uso social incorporando la libertad de imaginar del ciudadano, el arquitecto bisagra debe ofrecerse para mediar.

Últimamente hablamos mucho del espacio público, unas veces como lugar físico y otras como un ideal en el que situar discursos entorno a las libertades personales y a las nuevas conciencias colectivas. En estas notas se provoca una reflexión sobre el aspecto físico del espacio público y la función social del mismo. Es la dimensión física del espacio público la que sin duda incide sobre la inteligencia colectiva que se desarrolla en él y sobre la que giran las ideas del llamado urbanismo P2P, urban social,… del que hablan Juan Freire o Doménico di Siena entre otros.

Las preguntas planteadas se suscitan tras un paseo por Montbau, barrio racionalista del norte de Barcelona de los años 60. Fue una visita entre vecinos, arquitectos y otros profesionales del territorio comentando las posibilidades del contacto entre la ciudad y el parc de Collserola a consecuencia de la convocatoria del ayuntamiento de Barcelona para el concurso de las 16 puertas de Collserola. La primera duda surge respecto del tratamiento arquitectónico del espacio público del llamado modelo Barcelona de los últimos veinte años: ¿dicho modelo ha hecho realmente más público el espacio que hemos construido y ocupado en este periodo? Sin duda la respuesta inmediata es que sí, pero aquí se hacen algunas preguntas trampa por si acaso.

Comparemos el tipo de espacios públicos del propio barrio de Montbau (años 60) o de los planteados por Aldo van Eyck en Ámsterdam (años 50-70) frente a los elogiados parques metropolitanos del área de Barcelona o de la propia ciudad durante final de los 80, años 90 y parte de la década siguiente. Respecto de los últimos parques Jordi Bellmunt dice: “Barcelona y su entorno ha sido un verdadero taller de proyectos sobre el espacio público”. Se trataba de la recuperación urbana desde la reurbanización del espacio público.

 

En los espacios proyectados por Aldo van Eyck lo más fácil era encontrar niños jugando en cualquier rincón o vecinos relacionándose con cualquier excusa que ofrecía el espacio público. En Montbau aún hoy los vecinos somos provocados por el espacio libre para su uso social. Sin embargo, y por contraste, en ciertos lugares del ámbito metropolitano de Barcelona y en la propia ciudad tenemos otros espacios ocupados con excesos de intenciones pero que no generan una identificación con el lugar y no invitan a mejorar la cohesión social. ¿Hemos orientado bien los esfuerzos?, ¿hemos dedicado demasiado tiempo a adornos en lugar de profundizar en la comprensión del lugar como punto de partida de la propuesta del entorno físico que determina el uso social del espacio público?

Hoy hablamos de creación colectiva, de participación ciudadana en el proceso de diseño de la ciudad, de empoderamiento a través de las redes sociales y de urbanismo social, y es también hoy cuando más se debería dudar de la caligrafía con la que se han escrito muchos de los costosos espacios públicos ofreciendo usos para todo lo imaginable. Se ha supuesto que todo lo que se proyectaba era necesario y debía quedar  explícito y con marca indeleble (muretes, geometrías en pavimentos, muestrario de materiales, vegetación domesticada, abuso del llamado mobiliario urbano,..). El no acertar o el simple paso del tiempo, o el no haber formulado bien el enunciado, o el estar aprendiendo a la vez que lo hacíamos, son motivo de análisis para formular ahora algunas preguntas más: ¿tenemos que insistir en la construcción del espacio público?, ¿hay que gastar menos  y preguntar más a los usuarios que ya conocen y utilizan lo que se les ha ofrecido?, ¿lo necesitan todo?, ¿lo podemos pagar y mantener?, ¿hay que deshacer algún paso y volver a vaciar de intenciones al espacio público?, ¿quitamos dibujos, muretes y, sobretodo, mobiliario urbano?.

Algunos hemos tenido la oportunidad de proyectar y construir parques y todo tipo de espacios urbanos y por ello sabemos que el éxito de esos espacios públicos no está tanto en el proyecto como en el valor intrínseco del lugar previo a la intervención, en la gestión del mantenimiento que en él se haga y, fundamentalmente, en la necesidad real de su uso por parte de los vecinos que le dan vida. Algún diseñador de mobiliario urbano dice que el mejor diseño de aparcabicis para la calle se hizo con la ayuda de un ladrón de bicicletas.

Se aprende haciendo y ahora técnicos, políticos y ciudadanos nos hemos educado y acostumbrado al bonito parque junto a casa pero también estamos descubriendo el valor de su gestión. Reconocemos una buena o mala gestión de usos, con grupos sociales diversos, o una buena o mala gestión de mantenimiento que exige unos recursos económicos que hoy nos cuesta encontrar. Y es por lo anterior que surgen nuevas dudas: ¿hay que eliminar cosas de los parques que ya tenemos?, ¿quitamos cantidades innecesarias de bancos, o de fuentes, o de luces, o de juegos infantiles que estando en mal estado en lugar de servir tienden más a hacer daño?, ¿no vale la pena pensar la vegetación más con criterios de gestión que de diseño para la fotografía? Lo más probable es que no nos quede otro remedio y ese deshacer puede ser el siguiente paso en el proceso pendular que significa intervenir en la ciudad sobre el espacio público. Basculamos por décadas entre el exceso y el defecto.

Intervenir en el espacio público en lugar de ser un acto  económico tendría que aspirar a ser un acto social que enfatice lo que realmente le significa y define: el espacio de todos, en lugar del espacio de nadie, o peor, el del ladrillador a veces estrella. El incremento de diseño, mobiliario o inversión en el espacio público no consigue que dicho espacio sea más social. Pensar bien una intervención no significa poner más cosas o más dinero en ella, y es ahí donde se entienden los planteamientos colaborativos como los propuestos por Ecosisistema Urbano en Hammar, o ideas de zuloark, (VIC) vivero de iniciativas ciudadanas,… en los que se reclama la participación activa del ciudadano no en el final de un proceso sino al inicio y durante el proyecto de las intervenciones en el espacio público de nuestros días. Hemos de ayudar a conseguir un espacio público no sólo para la gente sino con la gente. Técnicos y políticos acostumbrados a operar  de un modo tenemos que ver las ventajas y superar los inconvenientes de lo desconocido. Hemos creído educar al vecino y hemos creído mimarle, ahora hay que tener el valor de escucharle para evaluar si el espacio público ofrecido es realmente un espacio social. Probablemente en el esfuerzo propio esté el valor añadido. Es un reto necesario y las circunstancias socioeconómicas obligan a ver en el espacio público el lugar híbrido en el que se encuentra lo físico y lo digital, como explica Doménico di Siena, y en el que identidades físicas y digitales se encuentran y todos aprendemos haciendo.

Para permitir todo esto probablemente tenemos que deshacer algo de lo construido y dejar nuevos caminos y formas urbanas en un espacio que siempre ha sido cambiante y que permita relaciones humanas de hoy y de ayer, fugaces o reposadas. ¿Alguien nos puede explicar qué hará Barcelona con el Parc del Centre del Poble Nou?, ¿no es normal que los vecinos de los barrios del norte de Barcelona desconfíen de los proyectos de las 16 portes de Collserola incluso sin entender de lo que se trata?, ¿no es ésta una buena ocasión para seguir educándonos todos en una forma de crear colectivamente?

Para encontrar respuesta a algunas preguntas como éstas es por lo que me interesa comprometerme como vecino/profesional bisagra, entre la administración que propone un concurso como el de las puertas de Collserola y los vecinos de mi barrio que desde hace 50 años disfrutan de un espacio público austero y sin caligrafías sobrantes, dejando que crezca la vegetación y consiguiendo que los vecinos se sientan orgullosos de él y de la vida social que éste provoca.

Proponer intervenciones en el espacio público más austeras es volver a proyectar el uso social incorporando la libertad de imaginar del ciudadano, el arquitecto bisagra debe ofrecerse para mediar.

Fidel Vázquez, con  Katrien Devreese

Febrero 2012

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Comentarios

Un comentario en “Preguntas sobre el espacio público que hemos construido, ¿es el espacio social que queremos?

  1. Bon article… ¿de què va exactament això de la plaça de Noruega? Tot i pensant, en el fons, que això de “l’espai públic” conté un mite heretat d’alguns gloriosos episodis de la nostra història, la idea de que cal canviar de model urbanitzador, i de que potser haurem d’alliberar trossos d’aquest espai construït i excessivament dissenyat, per tal de recuperar un altre tipus de dinàmiques i d’úsos socials, sembla una idea encertada, i coincident amb la tendència actual d’alguns sectors (avançats i lúcids) envers el “decreixement”. Està clar que sovint el disenyador, l’urbanista, l’arquitecte i el jardiner acaben imposant el seu paisatge i el seu dibuix. La seva marca clarament pot acabar perfilant i concretant les coses en excés, però en tot cas això s’esdevé per un malentés en el disseny i per la gratuïtat de les formes i les “coses” que s’incorporen. És cert que s’acaben imposant objectes, recorreguts i decorats que ningú ha demanat i ningú necessita, però també és cert que les mateixes necessitats poden trobar solucions molt diverses, i sovint el disseny (i sobretot el temps invertit en l’acte necessari i silenciós del dissenyar) acaba conduint a resultats millors, a condició de no perdre de vista els objectius i les limitacions que determinen l’orientació de tot projecte. “L’arquitecte ha de mediar”, dius en el teu article, “ha de fer de > frontisa”… I jo penso que està molt bé que alguns comencin a baixar dels núvols (baixar de la parra) i escoltin la gent que ha de viure i habitar els espais que ells construeixen, però, al cosat d’això, els arquitectes (que disposen del poder atorgat del construir i que, ho vulguem o no, són hereus d’una tradició insigne) han de pensar i edificar (o no edificar) les ciutats i les cases, i els carrers i les places, … d’acord a la vida de la pròpia arquitectura. Perquè els homes aprenem també a ser el que som gràcies a les formes del nostre entorn. Ens mesurem en ell. Ens distingim en ell. Ens hi ofeguem en ell o ens hi enlairem amb ell …
    Xavi B.

    Publicado por Xavi Bentué | 28 febrero, 2012, 23:46

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