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ciudad / urbanismo

Unas lechugas a cambio de una conversación en el barrio, con gente que no entiende de urbanismo.

El reciclaje de los espacios urbanos que están “a la espera de” son sólo una de las oportunidades que ofrece hoy la ciudad a sus habitantes para ser y relacionarse, sea cual sea el contexto socio-económico o el marco urbanístico vigente.

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Barrio de Porta, distrito de Nou Barris, Barcelona. Un recién jubilado me cuenta que hace unos años el sitio en que ahora estamos hablando estaba hasta arriba de malas hierbas, que es un solar de unos promotores inmobiliarios y que se decía que algún día se harían pisos. Hace tres o cuatro años, este vecino y otros propusieron a los propietarios que mientras no hacían los pisos ellos les limpiaban el solar a cambio de poder usarlo como huertos. Firmaron el acuerdo haciendo un “papel” según el cual los vecinos aceptaban dejar el solar el día que la propiedad lo necesitase sin que los vecinos pudiesen oponerse ni reclamar nada. Justo al lado, otro solar vacío hoy refleja esa situación a la espera de algo y pone en evidencia dos modos diferentes de esperar a la expectativa que el planeamiento urbanístico tiene para este fragmento de ciudad. En el primer solar hay vida, cambios de ocupantes y paisaje, conversaciones. En el segundo un descampado sin uso, rodeado de urbanización que las brigadas municipales tiene que limpiar de tanto en tanto para evitar su degradación. Al primero los vecinos lo han bautizado como La huerta de Porta. Es un lugar constantemente ocupado y visitado, cuidado por la gente, mayores, niños o parados. Se trata de vecinos con ganas de implicarse, que hacen cosas en un lugar de su ciudad en que se dice que pasará algo pero que de momento no pasa. Es gente que comparte tiempo, conocimiento y lechugas. Es gente que no entiende de urbanismo.

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Los vecinos que ocupan La huerta de Porta no saben de planeamiento urbanístico ni de gestión urbanística. Piensan que no lo necesitan y actúan si les dejan. No saben qué clave urbanística tiene el solar pero saben de quién es propiedad y que algún día se harán pisos. No conocen el articulado de la normativa urbanística del plan vigente pero han pensado que a cambio de limpiarlo y mantenerlo ellos podrían plantar unos huertos al pie de su casa. No saben qué es un proyecto de reparcelación pero se han puesto de acuerdo para dividir y trocear el sitio. No hablan de convenios urbanísticos pero me explican que han firmado un “papel” para que nadie se preocupe. No hablan de proyecto de urbanización pero han trazado unos caminos para acceder a todos los huertos. Incluso han hecho un paso más ancho en el centro y han colocado un banco para sentarse y pasar el rato. No conocen los servicios afectados pero han pactado con la brigada de Parques y jardines para “enganchar” las mangueras y regar dos días por semana. No piden que nadie se lo cuide ni vigile porque ellos se encargan. Cada uno cuida de lo suyo y de lo del vecino.

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El jubilado con el que hablo un buen rato me explica que un día una señora que pasaba miró con interés desde fuera su trozo, con la puerta entreabierta, y sin atreverse a entrar preguntó por el dueño para pedirle si le podía vender alguna de esas “hermosas” lechugas. El hombre, alagado, después de una larga y agradable charla acabó regalando a la mujer unas lechugas a cambio de la conversación.

También me confiesa el vecino que espera que el solar no pase a manos del Ayuntamiento porque como sea así duda que puedan seguir disfrutándolo. A esto podemos llamar empoderamiento de la ciudadanía o una prueba más del desconocimiento y desconfianza en el papel de la administración pública. Hay camino que andar.

La necesidad del urbanismo para ordenar nuestro espacio y sus formas de habitarlo es incuestionable, sin embargo para entender y activar la conducta humana no es suficiente con la disciplina académica y la normativa legislativa. La complejidad de la ciudad y la necesidad de sus habitantes activan los espacios que el urbanismo prevé aunque no siempre coincida lo pensado con lo utilizado. Un urbanismo más social hoy debe dejar la mínima y suficiente huella física para que las conversaciones e interacciones entre las personas tengan el mayor nivel de libertad y de compromiso para que la gente se implique cada día más en la construcción de la ciudad. No se trata de una renuncia sino de un paso adelante en la función posibilista de una disciplina que debería simplificar sus condicionantes limitantes para provocar nuevas actividades no siempre previstas por el planificador.

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Adjunto el ejemplo de una conversación con un jubilado hacedor en el video de “La ciudad jubilada” de Pau Faus en el que queda reflejada esa capacidad de reciclaje de nuestro entorno urbano por parte de las personas que lo habitan incorporando la capa social a la estricta visión urbanística. En este caso el territorio es el margen del rio Ripoll, entre Cerdanyola y Ripollet, cerca de Barcelona.

Comparto la cita que abre el video:

“El joven conoce las reglas, el viejo las excepciones”, Oliver Wendell Holmes.

 

Fidel Vázquez

@fidelvza

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